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Así fue como María Sabina descubrió en los hongos la llave de la sanación

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Los hongos hablan por la voz de María Sabina y sus palabras levantan a los enfermos. Sin embargo, no todos pueden “ver” comiendo hongos. Para Sabina quienes no nacían para ser sabios, no pueden alcanzar a entender el lenguaje de los hongos, aunque hagan muchas veladas.

Esto dijo María Sabina sobre cómo fue su primera sanación a un enfermo con los ‘niños santos’ como ella llamaba a los hongos psicoactivos que crecían en su pueblo de Huautla de Jiménez, Oaxaca.

“Tenía 8 años de edad cuando un hermano de mi madre se enfermó. Estaba muy enfermo y los chamanes de la sierra, que trataron de curarlo con hierbas, ya no podían hacer nada por él. Entonces recordé lo que me había dicho Teonanácatl (el hongo sagrado): que fuera a buscarlo cuando necesitara ayuda.”

 

“Salí a recoger los hongos sagrados y los llevé a casa de mi tío. Los comí delante de él, que estaba moribundo. Los Teonanácatl me condujeron a su mundo de inmediato y les pregunté qué tenía mi tío y qué podía hacer yo para salvarlo. Me dijeron que un espíritu malo había penetrado en su sangre; para curarlo debíamos de darle unas hierbas, no de los curanderos, sino otras.

Pregunté dónde se encontraban esas hierbas y me llevaron al monte, a un lugar donde crecían árboles altos y donde fluían las aguas de arroyo; era el mismo lugar que había visto en mi viaje, las mismas hierbas. Las arranqué y llevé a casa, donde las herví con agua y se las di a mi tío. A los pocos días el hermano de mi madre estaba”.

Estas fueron las palabras de la chamana María Sabina del pueblo Nashinandá (mazateca) que descubrió a temprana edad el lenguaje de la sanación de las personas, perteneciente a un mundo donde vive dios, la muerte, los espíritus y los santos.

El primer viaje de María Sabina con los hongos

La llave que abre la puerta a esta sabiduría le fue entregada desde su primer experiencia con los hongos. Mientras las cabras pastaban en el monte y ella padecía un hambre terrible, comió los hongos, conocidos en la ciencia como psilocybe mexicana, que a partir de ese momento los llamaría “niñitos santos”.

A través de este primer viaje amigable y acogedor los hongos le revelaron en su lenguaje sagrado que la protegerían y ayudarían tanto como sería necesario, solo tenía que regresar a buscarlos.

Por consiguiente el encuentro con este aliado le permitió a Sabina, además de ayudar a otros y revelar al mundo un lugar donde todo ha sucedido y todo se sabe, la posibilidad de perpetuar el conocimiento emanado de lo más profundo de la sierra Nashinandá (mazateca).